Recién se anunció que Cuauhtémoc Blanco, volante ofensivo de la selección mexicana y del Chicago Fire de la MLS, acaba de recibir el Premio Nacional del Deporte 2009 en la categoría de deportista profesional. Cuauhtémoc comparte podio con figuras del deporte nacional como Paola Espinoza, Joaquín Capilla y Éder Pacheco, ganadores en la rama amateur; y con Rafael Alarcón, en la categoría de entrenador profesional. Blanco, pieza clave del accionar del Tricolor para obtener la clasificación al Mundial de Sudáfrica, fue propuesto por la Federación Mexicana de Fútbol -junto con Javier Aguirre, que perdió ante Alarcón- al galardón.
La pregunta que todos se hacen es si Cuauhtémoc Blanco merece el Premio Nacional del Deporte. A mi parecer, es una decisión justa. Habrá quien diga que ayudar a clasificar a una selección más fuerte en historia e infraestructura que muchos de los competidores de su zona es un pobre argumento para otorgarle el máximo reconocimiento deportivo del año. Para nada. El nivel futbolístico de México está en recesión, en deterioro. Los procesos de Hugo Sánchez y Sven Goran Eriksson lo evidenciaron. La llegada de Aguirre al banquillo recompuso el escenario, pero de poco habría servido su instrucción sin el lugarteniente Blanco. Se puede ser un sabio en la táctica, pero sin un ejecutor de primera línea, de poco sirve.
Dentro del campo, Cuauhtémoc se erigió como el cerebro que México necesitaba: pícaro, colmilludo, canchero. Blanco cargó con el equipo al hombro, porque no sólo de talento se trata, sino también de corazón y orgullo. Aguirre construyó un combinado para Cuauhtémoc, sin Pardo u Oswaldo para hacerle sombra, y con un Márquez cada vez menos influyente. Así, libre de puñaladas traperas, el vestuario se unió en torno a la figura de su ‘10′. Contar con Blanco era jugar con uno más, no sólo por su fútbol, sino por el temor que infringía en los rivales su capacidad para cambiar el rumbo del encuentro en un pestañeo. Su figura, elevada a los altares, unió a una afición desangelada y la convirtió en un factor de peso. Su mera presencia bastaba para inyectar esperanza en las horas más negras de la selección.
Genio y figura, Blanco merece el premio a un año espectacular. Les reto a que me digan un deportista mexicano que, en el 2009, haya sido tan determinante, tan dominante, tan aclamado. Yo me habría esperado al 2010, porque estoy seguro que en Sudáfrica mostrará que, como los vinos, con la edad se hacen mejores.

Merecido lo tiene Blanco sin duda. Ahora, en Sudáfrica no le pidas demasiado. Un saludo