
El fútbol es un negocio y todos lo sabemos. Un negocio de algunos pocos, no de todos. Un vil comercio que utiliza la pasión del hincha, que se caga en el amor de los fanáticos por la camiseta, que no respeta los sentimientos de la sufrida multitud, que muchas veces, o casi todas, se esfuerza para comprar una entrada para ver un partido de mierda, con jugadores mercenarios que sólo aspiran a más y más billetes.
¿Se imaginan a Maradona jugando en River plate, a Pelé convirtiendo goles para otro país que no fuera Brasil, a Cuauhtémoc Blanco eludiendo defensores que visten la camiseta del “Tri” o a Roberto Baggio con la camiseta teutona? Pues yo no. Porque esos jugadores aman a su club y a su país y lo han demostrado en la cancha durante toda su carrera futbolística.
Recuerdo una anécdota del ex Presidente de San Lorenzo Fernando Miele tras un clásico entre Boca y el club de Boedo. Blas Giunta, forjado en San Lorenzo, jugaba para Boca y al finalizar el encuentro cambió su camiseta con Alejandro Simionato, defensor “cuervo”. Cuando Miele vio en el vestuario a Simionato con la camiseta de Giunta, enfurecido le ordenó al defensor a devolverla, ya que Giunta, besaba la casaca del “Xeneize” luego de haber besado durante años la del club que lo vio nacer.

Eso se llama orgullo y no se compra ni se vende como sí lo hacen los jugadores que cambian al Real por el Barça, a River por Boca, al Inter por el Milán o viceversa, y ni siquiera muestran algo de vergüenza mientras nosotros, idiotas e ingenuos, jugaríamos gratis en el club que amamos.
A un jugador, en el fragor del partido, uno le puede gritar “puto, cagón o cornudo”, pero tirarle sobre los hombros la pesada y cargada mochila de insultos tales como “pesetero, mercenario, vendido o traidor” resulta mucho más violento.
Y que quede claro que defiendo pese a todo la elección de trabajar donde uno quiera, pero lo que no acepto, no comparto e incluso rechazo, esa actitud demagógica de andar besando escudos y camisetas de un equipo y otro con la frivolidad de los deshonestos y siempre al mejor postor.
No sé, tal vez me quedé en el tiempo o soy demasiado romántico. Quizá la nostalgia me traiciona cuando recuerdo a los ídolos de varios equipos, que llegaron a ser ídolos por no haber cambiado nunca, porque nunca traicionaron, y no se dejaron tentar por las casas de apuestas.
El “Pep”, Totti, Raúl, Maradona, Bochini, Fillol, Puyol y Oliver Khan entre otros, ganaron su prestigio merced al respeto que siempre tuvieron con los fanáticos, y jamás aceptaron jugar en la “contra”. Son principios que le dicen.
Como sentencia el dicho popular, “se puede cambiar de esposa, de auto, pero no de club…”
Foto: Infobae , El Economista
