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Esa es una de las máximas que nos demuestra el fútbol jornada a jornada, día a día. Los resultados mandan y se llevan por delante muchos valores.

En esta línea Víctor Fernández fue destituido en el Real Zaragoza, tras acumular demasidados partidos sin vencer y poco puntos en el haber del equipo maño. Un desenlace triste para lo que comenzó hace año y medio como una bonita historia de amor entre el técnico y su equipo de toda la vida, el Real Zaragoza.

Fernández completó una primera temporada sobresaliente, obteniendo unos resultados seguramente superiores a la calidad y amplitud de su plantilla y las espectativas e ilusiones se dispararon.

Pero en el fútbol pesa más lo malo que lo bueno y una primera parte de esta temporada desastrosa, en juego y resultados, han acelerado su despido. Algo lógico en cuanto a resultados y, en parte, merecido porque las decisiones del entrenador no han sido las más brillantes. Víctor siempre ha apostado y apostará por el buen gusto, antes que por el pragmatismo, lo que le condena a no acabar de triunfar en el fútbol. Seguramente el entrenador zaragozano pasará a la historia de la Liga como un míster que consiguió que sus equipos practicasen un buen esquisito, pero nunca rematará la faena. Ojalá no sea así y alguna vez el destino (como ya lo hiciera en la época gloriosa del Zaragoza) le aporte títulos que justifiquen sus ideas.

Eso sí, la cuerda una vez más se ha roto por el lado más débil, ya que si Víctor se ha merecido su cese, también es cierto que el 60 por ciento de los jugadores también sobrarían. Incluso, hilando más fino, habría que replantearse la labor de la dirección deportiva, secretaría técnica y otros departamentos.

Ahora Ander Garitano emprende seguramente el reto más apasionante de su vida y esperemos que la suerte le acompañe, porque tienen todo lo que hace falta para ser un brillante entrenador en Primera División. Los trabajadores merecen el triunfo y Garitano va sobrado de eso.

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