Les pongo en antecedentes porque la historia tiene mucha miga.

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Resulta que el ínclito Ricardito se rompió la temporada pasada, antes de Navidad, el ligamento cruzado anterior y, parcialmente, el ligamento externo de su rodilla derecha. Seis meses de baja.

Como quería jugar el Mundial, el Betis lo cedió al Sao Paulo para que intentara recuperarse a tiempo a la vez que estaba en casa. Se recuperó, pero el seleccionador brasileño no lo convocó.

En el Sao Paulo marcó muchos goles y fue decisivo para que el equipo llegara a la final de la Copa Libertadores.

La cesión terminaba el 10 de agosto y Oliveira tenía obligación de presentarse a entrenar con el Betis el día 12. Pero al niño le hacia ilusión jugar la final, pobrecito, y hizo todo lo posible y lo imposible. La FIFA no se lo permitía porque no sería una cesión válida y el Betis tampoco. El Betis le había puesto una penalización de 1 millón de euros por día que llegara tarde, preveyendo lo que ha pasado.

Evidentemente no se presentó e intentó jugar la final hasta el último momento. No pudo ser porque la ilegalidad no pudo legalizarla.

El Betis preparaba su venganza.

Finalmente anuncia que se presentará este fin de semana. Una semana después de lo pactado.

¿Creen ustedes que el Betis le hará pagar su deuda y cumplir lo firmado? Quítenselo de la cabeza. Como hemos dicho muchas veces, los jugadores casi siempre ganan y esta tarde se ha reunido la cúpula directiva del Betis para acordar cederlo esta temporada al Fenerbahçe turco y aquí paz y después gloria.

Y de la pasta ni hablamos.

Foto | betisweb.com