La despedida de una de las mayores (sino la mayor) figuras del fútbol irlandés, George Best, se prefila como un evento digno de miembro de la familia real, tal vez con la diferencia de mayor merecimiento y amor por parte del pueblo.
En el año 1961 con apenas 15 años, Best llegó desde Irlanda del Norte a probarse en el Manchester United, donde permaneció a insistencia de su padre. Dos años más tarde, hacía su debut con el primer equipo de los diablos rojos, consiguiendo el segundo puesto de la Liga en aquella temporada. La siguiente temporada, ayudó al Manchester a conseguir el título de la liga que le había sido esquivo los 8 años anteriores.
En el año 67 levantó su segunda copa, pero el éxito llegó a su punto máximo cuando en el año 68 el Manchester se llevaba la Copa de Europa, siendo el primer equipo inglés en lograr el título.
Dejó el Manchester United en 1972, con 474 partidos y 180 goles a su haber. Prosiguió su carrera en numerosos clubes, como el Stockport County, el Cork Celtics, el Dunstable Town y el Fulham. Luego vino su paso por Estados Unidos, con el Aztecs de Los Ángeles, el Strikers de Fort Lauderdale y el Earthquakes de San José
Dicen los que lo vieron, y se nota en los videos que inundan estos días la televisión, que Best era un jugador irreverente que no se achicaba ni por su edad, ni por estar jugando frente a las estrellas de su época.
Tal vez ese detalle en su carácter, que le brindó gloria deportiva, también le costó su vida, misma que llevó hasta los límites del desorden. El alcoholismo y una insuficiencia hepática sentenciaron su vida a los 59 años.
Paz en la tumba de la primera “superestrella” del fútbol.
